La fascinante historia de los pendientes: de la Antigüedad a los tiempos modernos

Los pendientes son un adorno personal apreciado desde hace milenios. Han embellecido las orejas de hombres, mujeres e incluso niños en innumerables culturas y épocas. De talismanes y símbolos de estatus a signos de pertenencia o moda, han evolucionado sin cesar, reflejando valores, estética y avances técnicos. Este recorrido propone una mirada amplia a su historia, para entender por qué siguen siendo un accesorio tan presente y significativo.

A lo largo del tiempo, los pendientes han convivido con creencias religiosas, cambios políticos y movimientos artísticos. Se adaptaron a peinados, vestimentas y cánones de belleza, y también influyeron en ellos. Esta relación cambiante explica por qué, en ciertos momentos, su uso se expandió con fuerza y, en otros, cayó en relativo olvido. Aun así, nunca desaparecieron del todo.

Hoy, los pendientes forman parte del lenguaje cotidiano del estilo. Con medios de producción más accesibles y un mercado global, conviven estilos minimalistas con propuestas llamativas. Los diseñadores buscan nuevas formas y materiales, mientras los usuarios combinan piezas clásicas con tendencias contemporáneas. Ese cruce entre tradición e innovación sostiene su vigencia.

Anillos de oro y plata

Orígenes antiguos de los pendientes

¿Cuándo se inventaron los pendientes? Su uso se remonta a civilizaciones tempranas de Oriente Próximo, el valle del Nilo y el Mediterráneo. En Sumeria se han hallado aros de oro en tumbas reales, señal de riqueza y poder. Las élites lucían metales nobles, mientras las clases populares usaban conchas, huesos o piedras. Desde el comienzo, la estética convivía con un sentido protector o espiritual.

En el antiguo Egipto, los pendientes alcanzaron gran sofisticación. Orfebres expertos trabajaron oro, plata y piedras como lapislázuli o cornalina. Hombres y mujeres los incorporaban en conjuntos de collar, brazaletes y diademas. Se creía que protegían del mal de ojo y propiciaban la buena fortuna. Los motivos respondían a la mitología local: cobras, escarabajos y discos solares.

En Persia, especialmente durante los periodos aqueménida y sasánida, su uso se vinculó al estatus y a la protección. Fuentes y relieves muestran a soldados y nobles llevando aros y colgantes. Se atribuían propiedades favorables para la guerra y la vida cortesana. La ornamentación incluía granulación y filigrana finísima, fruto de técnicas depuradas.

Grecia y Roma aportaron nuevos lenguajes formales. En Grecia, los diseños representaban animales, palmetas y figuras mitológicas. En Roma se popularizaron las perlas, muy apreciadas por su rareza y brillo. La artesanía romana incorporó monturas delicadas que realzaban las gemas. Al mismo tiempo, el gusto por los colgantes largos convivió con pequeños aros cotidianos.

En el Mediterráneo oriental y en regiones del subcontinente indio aparecieron piezas que hoy llamaríamos expansores o dilatadores. Las orejas perforadas y ensanchadas formaban parte de ritos de paso y de signos de pertenencia. Esos usos rituales, presentes también en África y América precolombina, demuestran que el pendiente fue, desde temprano, un marcador social.

En China, durante la Edad del Bronce, se utilizaron jade y otros materiales duros en piezas sobrias. El jade, cargado de simbolismo, se tallaba con cuidado para realzar su color y translucidez. En Mesoamérica, culturas como la maya emplearon jadeíta y obsidiana en orejeras de gran tamaño. La nobleza ostentaba así su rango y conexión con lo sagrado.

Más allá de su función estética, el pendiente antiguo estuvo asociado a la protección y a la identidad. Muchas piezas se desarrollaron en contextos donde los amuletos eran habituales. No extraña que la joyería se concibiera como una prolongación del cuerpo, algo que acompañaba a la persona en la vida y, a menudo, en la muerte.

Pendientes antiguos

Edad Media y Renacimiento

Con la expansión del cristianismo en Europa, el uso de joyas visibles se moderó, aunque nunca desapareció. La Iglesia desaconsejó prácticas que consideraba mundanas, y la moda favoreció tocados y velos que cubrían la oreja. Eso, junto con códigos de recato, redujo la presencia de pendientes en los retratos y registros del periodo.

En Bizancio, sin embargo, la tradición de joyería se mantuvo vigorosa. Los talleres imperiales trabajaban oro y esmalte con maestría. Las piezas se relacionaban con la pompa de la corte y con un ceremonial complejo. En territorios islámicos, la orfebrería floreció con motivos geométricos y caligráficos, a veces presentes en pendientes y colgantes.

Hacia finales de la Edad Media, el comercio de lujo volvió a dinamizarse. El acceso a perlas y gemas, junto con el auge urbano, reactivó el gusto por el adorno. En algunos retratos tardomedievales reaparecen pendientes discretos, que no compiten con las ricas cofias y tocados, sino que los complementan de manera sutil.

Con el Renacimiento, la joyería regresó a primer plano en Europa. El redescubrimiento de la Antigüedad clásica inspiró nuevas formas y un interés renovado por la armonía y la proporción. Los pendientes formaron parte de conjuntos coordinados con collares y broches. Las perlas colgantes y los pequeños aros de oro ganaron espacio en retratos de damas y caballeros.

El auge de los talleres italianos y españoles consolidó una estética refinada. Se buscó la combinación de piedras y metales, así como el contraste entre superficies pulidas y texturadas. La técnica de cabujón y el repujado añadieron volumen sin perder elegancia. Los pendientes se ajustaron a peinados más despejados, que permitían lucirlos mejor.

Aunque la ostentación fue patrimonio de las élites, estilos sencillos circularon ampliamente. Un par de perlas bien montadas bastaba para completar una indumentaria sobria. La joya empezó a percibirse también como inversión y herencia, por lo que las familias cuidaban la transmisión de piezas a través de generaciones, con adaptaciones según la moda.

Pendientes medievales

Siglos XVIII y XIX

El siglo XVIII, con su gusto rococó, favoreció los colgantes dinámicos. Los pendientes tipo girándola y chandelier, con brazos móviles y gotas, brillaban bajo la luz de velas. Los diamantes en talla rosa o brillante resaltaban en monturas de oro y plata. Las formas curvas y asimétricas acompañaban peinados altos y cuellos despejados.

En el contexto georgiano, la filigrana y el engaste cerrado aportaron delicadeza. Las piedras de pasta permitieron a la clase media acceder a diseños similares a los de la nobleza. La pasta vítrea imitaba colores de gemas difíciles de conseguir. El resultado democratizó el acceso a la moda, sin renunciar al buen gusto ni a la inventiva técnica.

Con el Neoclasicismo, tras la Revolución francesa, se buscó una estética más sobria. Las líneas limpias y los motivos inspirados en la Antigüedad sustituyeron la exuberancia rococó. Aparecieron camafeos y perlas en composiciones equilibradas. Los pendientes se adaptaron a peinados menos voluminosos y a cuellos más altos, integrándose con discreción en el conjunto.

La Revolución Industrial cambió la producción de joyería. Aleaciones como el pinchbeck, parecidas al oro, abarataron costes. Se difundieron cierres y monturas estandarizados. Las piezas seguían siendo artesanales, pero la oferta se amplió. El gusto burgués abrazó la novedad, combinando materiales económicos con elementos de lujo cuando el presupuesto lo permitía.

En el periodo victoriano, la sensibilidad romántica y el luto marcaron tendencias. Las joyas de azabache y las piezas de duelo convivieron con diseños florales y simbólicos. La curiosidad por lo exótico trajo motivos orientales y egiptomanía. A finales del siglo, los pendientes de clip y tornillo ganaron terreno, porque la perforación perdió aceptación en ciertos círculos.

También hubo una recuperación de técnicas históricas. El micromosaico, el esmalte pintado y los granos de oro a la manera etrusca regresaron con fuerza, sobre todo en Italia y Francia. Los viajes del Gran Tour impulsaron compras y encargos. Muchas piezas “arqueológicas” combinaron referencias antiguas con una estética moderna y cómoda de llevar.

La participación de hombres en la moda del pendiente fue minoritaria, pero no inexistente. En algunos ámbitos marineros o bohemios, el aro masculino mantuvo su simbolismo. En culturas no europeas, su uso fue más estable, con diseños que reflejaban jerarquías, parentescos o ritos. Ese contraste explica la diversidad global que se consolidó en el siglo XX.

Pendientes de los siglos XVIII y XIX

Siglo XX

A comienzos del siglo XX, el modernismo (art nouveau) llevó la naturaleza a la joyería. Líneas sinuosas, flores y insectos se tradujeron en pendientes ligeros, con esmaltes translúcidos y piedras coloridas. En paralelo, el art déco impuso geometría, simetría y contraste. Las combinaciones de ónix, coral y diamantes definieron una elegancia nítida y urbana.

La producción en serie y la difusión de catálogos ampliaron el acceso. Los cierres de clip y tornillo ofrecieron alternativas a quienes no tenían las orejas perforadas. Durante las guerras mundiales, la escasez de metales y la austeridad contuvieron los diseños. Tras los conflictos, el optimismo reactivó la moda, con perlas y brillantes como emblemas de sofisticación.

En los años cincuenta, el ideal de femineidad hollywoodense popularizó pendientes llamativos para la noche y discretos botones para el día. La fotografía y la televisión fijaron estilos. Las casas de costura coordinaron conjuntos de pendientes y collares para “completar” el look. Aun así, las soluciones sin perforación siguieron compitiendo con el agujero tradicional.

La década de 1960 introdujo una estética joven y experimental. Materiales no nobles, como plásticos de colores, conviveron con metales. El pop y el espíritu lúdico actualizaron el accesorio. En los años setenta, la contracultura y el movimiento hippie revalorizaron lo artesanal. Talleres pequeños rescataron técnicas manuales y diseños personales.

El auge del piercing profesional en los setenta y ochenta normalizó la perforación en comercios y clínicas. Aumentaron las perforaciones múltiples, y con ellas, combinaciones creativas. El punk incorporó imperdibles y cadenas como gesto de provocación. El hip hop adoptó pendientes de gran tamaño y brillo, en un lenguaje propio de afirmación y éxito.

En los noventa, minimalismo y grunge convivieron. Los aros finos, los pequeños brillantes y las argollas medianas se consolidaron como básicos. La aceptación social de pendientes masculinos creció en ámbitos urbanos y deportivos. Marcas y diseñadores jugaron con códigos unisex, avanzando hacia un uso más libre y menos normativo del accesorio.

Tendencias contemporáneas

En el siglo XXI, la variedad es la norma. Las orejas curadas o “curated ear” invitan a combinar perforaciones y piezas de distintos tamaños. Se mezclan aros diminutos, abrazaderas sin agujero y pendientes de botón. La idea es construir una composición personal, adaptada a la anatomía y al estilo de cada quien, sin dogmas de temporada.

El minimalismo convive con el maximalismo. Hay quienes prefieren studs discretos y geométricos, y quienes optan por pendientes esculturales que se convierten en protagonistas. La asimetría es un recurso recurrente: se usan pares desparejados o una sola pieza llamativa. Este juego permite renovar conjuntos sin grandes inversiones y aporta frescura al look.

Los materiales se diversificaron. El oro y la plata esterlina siguen siendo referentes, pero comparten espacio con titanium, acero quirúrgico y resinas. Para pieles sensibles, crece el uso de metales hipoalergénicos. Los diamantes creados en laboratorio y las gemas éticas ganan cuota. El objetivo es conjugar estética, presupuesto y responsabilidad.

La sostenibilidad se volvió tema central. Muchas firmas trabajan con metales reciclados y cadenas de suministro trazables. Talleres pequeños priorizan la reparación y el ajuste antes que el reemplazo. El consumidor pregunta más sobre origen y certificaciones. Esta conversación transformó hábitos y consolidó una relación más consciente con la joyería.

La impresión 3D abrió caminos a formas antes imposibles. Prototipos rápidos permiten probar volúmenes, curvaturas y encajes personalizados. Diseñadores independientes compiten en creatividad con grandes marcas. El resultado es un mercado más dinámico, en el que conviven series limitadas, piezas únicas y colecciones accesibles con buen diseño.

Las redes sociales funcionan como escaparate y laboratorio. Tendencias como las perlas barrocas, los aros gruesos o los charms intercambiables viajan rápido. Influencers y creadores muestran combinaciones reales, no solo editoriales pulidas. Esta cercanía ayuda a probar estilos sin miedo, a la vez que devuelve protagonismo a la artesanía y a la pieza bien hecha.

También hay una reflexión cultural en marcha. El uso de motivos tradicionales plantea preguntas sobre apropiación y respeto. Muchas marcas colaboran con artesanos locales para reconocer técnicas y contextos. Para el usuario, informarse y elegir con criterio suma valor al objeto. Así, el pendiente no es solo adorno: también cuenta una historia.

Pendientes del siglo XXI

Conclusión

La historia de los pendientes es la historia de cómo nos mostramos ante los demás. Entre lo íntimo y lo público, entre el rito y la moda, la pieza ha cambiado sin perder su esencia: resaltar el rostro y decir algo sobre quien la lleva. Esa capacidad de síntesis explica su persistencia a través de siglos y culturas.

Desde aros sumerios hasta creaciones impresas en 3D, la trayectoria es amplia y diversa. Hubo épocas de ostentación y otras de sencillez, momentos de rechazo y de fervor. Hoy, la pluralidad permite que cada persona elija según su gusto, presupuesto y valores. La creatividad de diseñadores y artesanos asegura que siempre haya algo nuevo por descubrir.

Mirar el pasado ayuda a apreciar el presente con más conciencia. Saber de dónde viene un estilo o una técnica añade capas de sentido. Y, aunque las tendencias cambien, los pendientes seguirán cumpliendo una función que trasciende modas: ser un puente entre la identidad personal y el mundo que la rodea.

Preguntas frecuentes

¿Qué simbolizan los pendientes?

Depende de la cultura y el contexto. Pueden expresar estatus, riqueza, belleza o pertenencia. También funcionan como amuletos, recuerdos familiares o manifestaciones de identidad. En sociedades tradicionales, su forma y material indican edad, estado civil o linaje. En contextos urbanos contemporáneos, suelen hablar de gusto y personalidad, y a veces de compromiso ético con ciertos materiales.

¿Cuál es el propósito de llevar pendientes?

Cumplen fines estéticos, culturales y de autoexpresión. Realzan el rostro, equilibran un conjunto y aportan un detalle personal. En algunas tradiciones, se ofrecen en ritos de paso o celebraciones. En la vida diaria, ayudan a construir un estilo propio con recursos sencillos. También pueden suscitar conversación, al vincularse con recuerdos, viajes o historias familiares.

¿Los hombres usaron pendientes a lo largo de la historia?

Sí. En diversas civilizaciones antiguas, así como en periodos concretos de Europa y en muchas culturas de África, Asia y América, los hombres llevaron pendientes. A veces señalaron estatus o logros; otras, fueron parte de la indumentaria cotidiana. En las últimas décadas, su uso masculino se normalizó en entornos urbanos, deportivos y artísticos, con estilos que van del aro discreto al colgante más audaz.